martes 2 de junio de 2009

desenchufado -unplugged

quería ser escritor pero en España noescribía.
Y estaba enamorado de Lucía, las 2 cosas solo.
Tenía colegas que a los 3 años querían ser Registradores de la Propiedad, tampoco eran grandes originales.
Lucía y noescribir eran mis únicas actividades, no tenía más deseos.
Me levantaba cada día al amanecer para noescribir algunas horas antes de entrar en la oficina, y me iba a la cama por las noches exhausto de haber noescrito  durante todo el día. Trabajaba pésimo.
Giraba alrededor de Lucía refractario al resto de los surcos que el universo proponía y que continuaban adelante conmigo fuera.

Cuando la conocí, hace muchos años, en la tele echaban un corto, Mira como me quemo. Después de algunas vicisitudes no importantes entre una pareja muy desigual, él, un comefuegos, se pone delante de ella, ella no le ve. Así, enfrente, abre los brazos en cruz, separa bien la pelvis, hace, click, con los dedos, y luego otra vez, click. Un gesto entre un abanico y como una plaza pequeña de pueblo, al lado del cementerio. Ella continúa sin verlo, él espera todavía mucho, hasta que, click, se da fuego en esa posición.
También soñaba con una mano suelta.
Veía una mano y veía una rosa.
La mano era azul, casi lila, como si ya no circulara la sangre, sostenía la rosa.
Le llevaba esa rosa cortada a Lucía.
Mi mano sin oxígeno era el precio que estaba dispuesto a pagar por escribir un cuento -me bastaba la otra para vivir.
Y soñaba también con plumas blancas, caían del cielo como si alguien hubiera abierto un cojín y como una lluvia de oro blando, flotando un rato en la habitación a oscuras.
Me contaba que eran las plumas de la escritura que estaba llegando.
Los días en aquél tiempo eran claros y tersos.
Las noches calientes.
Un grillo cantaba toda la noche, desde el mediodía. Crick.
Se frotaba un ala contra otra ala y rondaba a las colegas   durante horas, Crick Crick.
Yo hacía Lu Lu y también este nombre reverberaba toda la noche hasta la infancia y continuaba allí al amanecer con el motor del ordenador encendido en blanco.
Empezaba mi primer cuento y todos los otros llegarían sin esfuerzo, todos seguidos, me creía eso. Como ríos encendidos, como el Moldava y con la barufa de luz de los ríos en julio.
Pensaba que incluso con una mano podría organizarme, que me llegaba, ahora la tengo cosida a un gotero italiano.
Ahora por un agujero del pijama, por la espalda, si me muevo, estoy siempre desnudo.
Intento no moverme.
Por la derecha cuelgo. De la cama de un hospital de Turín en el que estoy echado como Goethe en el cuadro, Viaje a Italia, y también como él vestido de blanco, solo que yo estoy atado a un bote de suero, y fumo, con la mano que me queda.
Es todo lo que hago si no hay enfermeras.
Y vuelvo a pensar en Lucía.
Una tarde Lucía se puso roja. Primero me había dicho, cómo no voy a quererte?. Estábamos de pie, en la puerta de su habitación, en el umbral. Dijo, cómo no voy a quererte, con la camisa abierta, y luego viéndome la cara vacía, no la engañaba, aclaró, no como tu piensas.
Para que yo no me confundiera y no me ilusionara.
Para que supiera qué clase de amor era el suyo -qué clase de amor era?
Pero se puso roja y yo me puse blanco.
Me marché a Italia.
Corrí y corrí -con Isaac corriendo a mi lado.
Corríamos como si nos gustara correr, cambiar, movernos, a bout de souffle.
Como si me importara salvarme o Lucía me amara.
Corría igual el verano, los Alpes se derretían, el termómetro de Piazza Madama subía de 45 y un perro corriendo se comió un trozo de niño, un hombre vestido con una tiara de invierno acuchilló a su sicoanalista en una calle de Milán, luego corrió también él .
Si Lucía nos hubiera visto correr (y volar) a lo mejor hubiera creído en mi amor constitucional, mira cómo vivo Lucía.
Se la conté a los pocos minutos de conocerla, la historia del comefuegos. Ella me la guardó durante años para darme las cerillas llegado el tiempo.
Ayer saqué la rosa que tapaba la pistola.
Si saco también la pistola me empiezan los botones de la gabardina