Isaac, la mosca, fue un regalo de Lucía. Tienen muchos moscas en la ciudad. Las sacan de paseo con una cuerda pequeña atadas como cometas o se las dejan girando alrededor, las educaron desde que eran moscas cachorro para moverse por la ciudad sin correa y ellas saben cuidarse de no morir estrelladas contra un parabrisas.
Me regaló la mosca, Lucía, cuando me fui, poco antes de irme para siempre, como si me hubiera perdonado. Antes de dármela, mientras era bebé, la tuvo algunos días entre sus brazos, casi en el pecho. Le hablaba con voces, las mismas que algunas mamás inventan para los niños los primeros meses.
El pecho lo tenía como siempre, en plein air, al aire libre. Sobre los hombros llevaba un abrigo de piel negra- fue una mosca de invierno Isaac.
El pelo le caía centelleando rubio sobre las pieles oscuras como relampaguea Venus en las colinas claras algunas tardes de verano.
Me pasaba las horas mirándole el pecho. Me entretenía mucho así, totalmente desesperado.
Me imaginaba a veces que la mosca Isaac fuera finalmente el hijo que no tendremos, que me dejó la mosca en su lugar, cuando obligatoriamente tuve que marcharme -obligado por ella.
La he cuidado así este invierno, como un padre de familia diligente, con la fantasía de diligencia que no tengo, alternada con mi naturaleza de padre que se columpia, intentando salvarla de las cosas que Lucía y yo nunca haremos juntos, sería mucho peso para una mosca sola.
Parece que somos un mundo a parte los mosqueros, como los motoristas que se dan luces por las carreteras vacías: nos saludamos por las noches y por las mañanas y intercambiamos novedades sobre nuestras moscas, si hacen bien las cacas, los vuelos, etc.
Algunos, durante el invierno, las llevan con abriguitos reversibles azules -si les dan la vuelta son gabardinas rojas.
Por desgracia aquí no nos quitamos casi nunca las gabardinas, ni siquiera en verano, no por mucho tiempo, tampoco a las moscas les gusta empaparse cada día.
Isaac, la mosca, la llevo atada a una correa de flores pequeña, a la altura del pelo -un poco sobrevolándolo.
Algunos días, casi todos, vuelvo disparado del juzgado donde trabajo pensando si habré dejado el gas abierto, si Isaac terminará con la piernas volando por el aire. Visto que Lucía no me amaba finalmente, podría hacerle una cosa así, el inconsciente, que la casa y la mosca salten por el cielo sin mi voluntad despierta -con la parte que vive siempre sonámbula, a pesar de que ame a lo loco a Isaac, tanto como se puede amar a una mosca, no importa si deliro según Genovese.
Genovese que no soporta que me lleve a Isaac a todas las cenas. Que sufre furibundias cuando nos ve llegar, me dice siempre las mismas estupideces "pero no puedes dejar la mosca sola una hora? mira que no se va a morir, podrá soportar tu marcha un poco". Porque hay un montón de sitios en los que no nos dejan entrar, con fotos de moscas en la puerta en las que se lee "yo me quedo fuera" y debajo una mosca del campo -"no, no puedo dejarla al margen, Genovese" pienso o bien "vai cagar".
O sea que paso así las horas en el Juzgado, oyendo divorcios y esperando que los ex-cónyuges terminen de una vez de repartirse los cuchillos de las abuelas, los primeros inoxidables.
Siempre con la misma angustia estoy, temiendo tener que salir de un salto a casa a comprobar la bombona.
No solo la bombona.
A veces, por ejemplo, las pinzas.
Me aterra que Isaac se coma una, que me haya caído una por casa sin darme cuenta y la coma la mosca y muera así, como el elefante del principito, Lucía, amor mío.
Veo y reveo tu pecho en fantasías siempre iguales.
Hoy os he visto también a ti y a Isaac. Isaac de nuevo entre tus brazos, en el pecho acogido, como cuando era bebé, luego volándote alrededor de los labios, besándolos, felices los dos, libres de Dios tronando.
Había también algunas pulgas menos negras de lo habitual, en el sueño, gris claro, volándoos alrededor -es la época, con los grillos, de pulgas y garrapatas.
Lucía, coge el teléfono, por favor, y no te llamo más.
Me aterra matar a Isaac, hacerte Medea.
Me aterra no soportar más tu ausencia, metértelo muerto entre las manos, la mosca, mi cadáver, tanto si muere Isaac, muero yo después.
Déjame entrar Lucía.
Después me marcho.
Solo una noche
meshes of the afternoon
Hace 2 horas